sábado, 3 de noviembre de 2012


 Crónica publicada por Dayana Aguirre
 
 
“Me pongo a la escucha de los filósofos pero los escucho poéticamente”


U

na fila, o dos, quizá tres agolpadas en la puerta del auditorio al frente del aljibe.

Con caminar presto, Hugo Mujica se dirige a su lugar en el escenario. A su lado, Leandro Calles acompaña como su presentador. Silencio. Por un instante.

Los poemas brotan de su boca y el silencio ha muerto. Seriedad ante todo. Su semblante consigue finalmente ceder ante las preguntas de su público.

Inicia confesando entre risas empezar a leer los clásicos en lugar de releerlos. “El ante año pasado leí todo Dostoievski; ahora estoy con Tolstoi; me tragué las mil páginas de La Guerra y la Paz que vale la pena haber pasado por la vida para leer ese libro” dice con entusiasmo.

El autor de Poemas del vacío no olvidó mencionar, a su vez, a los grandes filósofos de la antigüedad como parte de la herencia cultural actual. Tampoco desconoció la influencia de otras disciplinas, como la música de Beethoven y el cine no comercial.

Porque para él la creación poética nace en un atisbo de unidad: “el pensamiento en su vertiente primera, cuando brota, es una unificación”. Pero el destello del asombro primigenio no quedó atrás: “El pensamiento presocrático era poético; eran dichos, eran poemas, (…) No era reflexión lógica, sino el asombro que se tenía como quintaesencia.”

Esa noche, Mujica señala con un dejo de desánimo: “El lenguaje filosófico ya no tiene vida”, afirmación que deja cierta decepción en el auditorio. Pero rápidamente arenga a su público para que crea en la unión entre pensamiento y poesía: “Me pongo a la escucha de los filósofos, pero los escucho poéticamente”, señala con tono firme y elocuente.

Después de la ovación, mientras algunos abandonaban las butacas del auditorio, no negó fotos ni un poco más de conversación a quienes insistían.

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