Crónica publicada por Dayana Aguirre
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na fila, o dos, quizá
tres agolpadas en la puerta del auditorio al frente del aljibe.
Con
caminar presto, Hugo Mujica se dirige a su lugar en el escenario. A su lado,
Leandro Calles acompaña como su presentador. Silencio. Por un instante.
Los
poemas brotan de su boca y el silencio ha muerto. Seriedad ante todo. Su
semblante consigue finalmente ceder ante las preguntas de su público.
Inicia
confesando entre risas empezar a leer los clásicos en lugar de releerlos. “El
ante año pasado leí todo Dostoievski; ahora estoy con Tolstoi; me tragué las
mil páginas de La Guerra y la Paz que vale la pena haber pasado por la
vida para leer ese libro” dice con entusiasmo.
El
autor de Poemas del vacío no olvidó mencionar, a su vez, a los grandes
filósofos de la antigüedad como parte de la herencia cultural actual. Tampoco desconoció
la influencia de otras disciplinas, como la música de Beethoven y el cine no
comercial.
Porque
para él la creación poética nace en un atisbo de unidad: “el pensamiento en su
vertiente primera, cuando brota, es una unificación”. Pero el destello del
asombro primigenio no quedó atrás: “El pensamiento presocrático era poético;
eran dichos, eran poemas, (…) No era reflexión lógica, sino el asombro que se
tenía como quintaesencia.”
Esa
noche, Mujica señala con un dejo de desánimo: “El lenguaje filosófico ya no
tiene vida”, afirmación que deja cierta decepción en el auditorio. Pero rápidamente
arenga a su público para que crea en la unión entre pensamiento y poesía: “Me
pongo a la escucha de los filósofos, pero los escucho poéticamente”, señala con
tono firme y elocuente.
Después
de la ovación, mientras algunos abandonaban las butacas del auditorio, no negó fotos
ni un poco más de conversación a quienes insistían.
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